La pandemia de COVID-19 no solo reconfiguró aspectos fundamentales de nuestra vida cotidiana, sino que también aceleró la transformación de prácticas milenarias, como la meditación, en productos comercializables. La meditación ha sido cooptada por la lógica del mercado para convertirse en otra mercancía dentro del vasto arsenal de aplicaciones de salud y bienestar.
Este proceso de mercantilización no es nuevo, pero se intensificó durante la pandemia, cuando el aislamiento y el estrés impulsaron a millones a buscar soluciones digitales para la ansiedad y la falta de bienestar general. Las aplicaciones de meditación y bienestar, al prometer un escape o un método para manejar el estrés, vieron un incremento sin precedentes en sus descargas y uso, con un aumento del 30% en descargas globales y un 25% más de tiempo dedicado a estas aplicaciones en 2020 comparado con el año anterior. Además, se lanzaron aproximadamente 71,000 nuevas aplicaciones de salud y fitness.
Este crecimiento se traduce no solo en un aumento de usuarios, sino también en una significativa generación de ingresos. El gasto global en estas aplicaciones alcanzó los 185 millones de dólarres en agosto de 2020, y se espera que el mercado global de la meditación alcance los 9 mil millones de dólares para 2027. Estas cifras son testimonio del éxito de su mercantilización, pero también plantean preguntas sobre la inclusión y el acceso.
La inserción de la meditación en el ámbito digital y su posterior comercialización plantean interrogantes críticos sobre la esencia misma de la práctica. Tradicionalmente, la meditación es accesible sin costo alguno, y su aprendizaje puede transmitirse de manera informal o a través de retiros y enseñanzas que también enfocan el desarrollo personal y espiritual, más allá de la mera reducción del estrés.
Sin embargo, en la era de las aplicaciones, la meditación se ofrece como un servicio más, en el cual el foco a menudo se reduce a sesiones cronometradas y guiadas que prometen alivio rápido y efectivo, alejando a los practicantes de la profundidad y el compromiso que la meditación tradicional requiere.
Mientras que las aplicaciones de meditación ofrecen una nueva accesibilidad y comodidad, también es fundamental reconocer y abordar las limitaciones de acceso que pueden surgir. No todas las personas tienen acceso a la tecnología necesaria para aprovechar estas herramientas, o a los recursos para pagar las que requieren una cuota de inscripción. Este desafío resalta la importancia de mantener vías tradicionales y accesibles para la enseñanza y práctica de la meditación, asegurando que no se excluya a aquellos sin acceso tecnológico.
En Estados Unidos, por ejemplo, se ha encontrado que los meditadores en Estados Unidos tienden a ser de mediana edad, blancos, mujeres, con educación universitaria y residentes en el oeste del país. Estas características demográficas sugieren una concentración de la práctica de la meditación en grupos que tienen un mayor acceso a la educación y a recursos de salud. Además, los meditadores suelen participar en prácticas de salud preventivas, como la actividad física y el control del colesterol, lo que refleja una mayor conciencia y cuidado de su bienestar general.
En América Latina no tenemos cifras exactas sobre el número de personas que practican meditación y sus perfiles, pero sabemos que en la Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado (ENBIARE) realizada en México en 2021, 11.1% de la población encuestada declaró haber realizado la semana anterior meditación, yoga o taichi.
En la escuela y la comunidad
Desde la pandemia de COVID-19, los sistemas educativos alrededor del mundo han enfrentado desafíos sin precedentes que han puesto a prueba no solo la resiliencia estructural de las escuelas, sino también el bienestar emocional y psicológico de estudiantes y docentes. Esta crisis ha acelerado un cambio de paradigma hacia la inclusión de la educación socioemocional como un componente fundamental en los currículos escolares, reconociendo la importancia de atender las necesidades emocionales y sociales de los alumnos para su desarrollo integral.
En este contexto, algunos países han empezado a implementar programas que incorporan prácticas de meditación y mindfulness dentro del entorno escolar, como herramientas para mejorar la concentración, reducir el estrés y fomentar un clima de paz y cooperación en las aulas. México es un ejemplo destacado de esta tendencia.
Aquí, proyectos innovadores como han sido desarrollados para integrar la meditación como parte de la rutina diaria de los estudiantes, ofreciendo espacios de calma y reflexión que ayudan a mejorar tanto el ambiente educativo como el rendimiento académico. Estas iniciativas no solo apoyan el desarrollo académico, sino que también preparan a los estudiantes para enfrentar desafíos futuros con mayor resiliencia y empatía, pilares esenciales para la formación de ciudadanos conscientes y comprometidos con su comunidad.
Proponer la implementación de proyectos de meditación comunitaria en barrios, grupos y colectivos puede ser una estrategia transformadora para fortalecer la cohesión social y el bienestar colectivo. La meditación altruista, que promueve la empatía y la compasión hacia los demás, ofrece un medio efectivo para construir puentes de entendimiento y solidaridad en comunidades diversas. A través de la creación de espacios dedicados a la práctica meditativa, los miembros de una comunidad pueden aprender a gestionar sus emociones, reducir el estrés y desarrollar una mayor consciencia sobre las necesidades y experiencias de sus vecinos.
Dando pasos hacia la implementación de estos proyectos, se podrían organizar sesiones regulares de meditación en lugares comunitarios, como centros sociales, parques o incluso espacios al aire libre. Estas sesiones no solo facilitarían momentos de calma y introspección, sino que también servirían como puntos de encuentro para fomentar el diálogo y la cooperación entre los participantes. Al cultivar una práctica de meditación compartida, las comunidades pueden mejorar no solo la salud mental y emocional de sus integrantes, sino también impulsar un sentido de pertenencia y responsabilidad compartida hacia el bienestar común.
Esto supone, naturalmente, la formación masiva de maestros, instructores y guías de meditación capacitados para liderar estas prácticas. Es crucial dar pasos hacia la creación de programas de formación que preparen a personas dentro de las mismas comunidades para guiar a otros, asegurando que la meditación comunitaria sea sostenible y profundamente arraigada en el tejido social de cada lugar.
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