A veces parece que queremos estar en todas partes: en cada chat, en cada reunión, en cada conversación. Como si perderse un instante fuera perderse algo crucial. Sentimos que no podemos faltar, que debemos estar al tanto de cada mensaje, de cada nuevo plan. Sin embargo, hay momentos en que lo que más necesitamos es justamente lo contrario: detenernos.
Detenernos para sentir el silencio que dejamos de notar, para estar en un solo lugar, en nuestro propio espacio interior. Para soltar esa prisa que nos lleva de un lado a otro, que hace que nuestra mente salte inquieta como si cada pequeña ausencia fuera a costarnos algo valioso.
Es en ese espacio de pausa donde descubrimos algo inesperado: el valor de la calma. Ese lugar donde los días corren un poco más lento, donde podemos elegir bajar el ritmo, aunque sea al mínimo necesario, y permitirnos respirar. Porque a veces, lo más importante no está en lo que ocurre afuera, sino en lo que nos ocurre cuando encontramos un instante para nosotras y nosotros mismos. Con mucha más frecuencia de lo que imaginamos, la respuesta que tanto buscamos está ahí.
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