Una noche, reflexionando en silencio, se dio cuenta de algo: nunca se hablaría a otra persona como lo hacía consigo. Su mente, siempre tan crítica, repetía frases duras que la hacían sentir un ser diminuto y sin poder. Decidió que ya era suficiente.
Tomó papel y lápiz y empezó a escribir todas esas frases negativas que la habían acompañado por años. «No soy suficiente», «Siempre lo hago mal», «Soy un fracaso», «No merezco». La lista era larga, pero no se detuvo. Luego, con paciencia y valentía, reescribió cada frase, transformándolas en palabras llenas de compasión: «Estoy aprendiendo y creciendo», «Merezco amor y aceptación», «Hago lo mejor que puedo, y eso es suficiente».
Cada noche, antes de dormir, leía esas frases en voz alta. A veces, las oraba como si fueran plegarias; otras, las repetía como mantras. Día a día, sintió cómo su voz interna dejaba de ser un crítico severo para convertirse en un aliado.
Cuidar cómo se hablaba no era un acto egoísta, entendió, sino una muestra de amor propio. Ese amor comenzó a reflejarse en sus relaciones, en sus proyectos y en la forma en que caminaba por la vida. Había cambiado.
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