Hace muchos años que medito y, gracias al budismo tibetano, he conocido y realizado prácticas de compasión. De hecho, la compasión forma parte crucial en la meditación budista, especialmente la conocida como mahayana, que se practica sobre todo en el Tíbet, Mongolia y otras regiones del Himalaya, donde se considera esencial para reconocer la interdependencia y la coconstrucción de la realidad. Si no reaccionamos al sufrimiento de las y los demás, no podemos liberarnos del nuestro. Es la idea básica que expresó Santideva en el siglo VIII.
La autocompasión, en cambio, según Anālayo y Dhammadinnā, no aparece explícitamente en los textos budistas antiguos como un concepto separado, pero su esencia está presente en muchas enseñanzas. Prácticas como metta, la meditación en el amor bondadoso en la tradición theravada, incluyen dirigir amor y compasión hacia uno mismo antes de extenderla a los demás. En el budismo mahayana, la bodhichitta relativa implica un compromiso de cuidar a todos los seres, incluido uno mismo, en el camino hacia la iluminación. Sin embargo, en la investigación moderna, la autocompasión se ha tratado como una dimensión separada de la compasión hacia los demás, una distinción que no se encuentra en la tradición budista.
La psicología contemporánea ha jugado un papel clave en la expansión del concepto de autocompasión, especialmente a través de la obra de Kristin Neff, quien ha sistematizado su estudio y ha demostrado sus beneficios a nivel emocional y fisiológico. La separación entre autocompasión y compasión por los demás ha influido en el desarrollo de los programas de entrenamiento, generando enfoques diferenciados. Mientras que algunos programas, como el Mindful Self-Compassion (MSC), ponen énfasis en la autocompasión como una herramienta de bienestar personal, otros, como el Compassion Cultivation Training (CCT), buscan desarrollar la compasión hacia los demás. Esta distinción ha llevado a que en la mayoría de los estudios se midan los efectos individuales de la compasión sin explorar en profundidad su impacto en la interacción social y el altruismo, como señalan Quaglia y su equipo.
Desde la perspectiva budista, la compasión es un flujo interdependiente en el que el bienestar propio y el de los demás no pueden separarse. En el pensamiento budista se argumenta que el sufrimiento es compartido y que la verdadera compasión no distingue entre uno mismo y los demás. La ciencia tiene la oportunidad de ampliar su comprensión al integrar esta visión, explorando cómo la autocompasión puede fortalecer la compasión por las y los demás y viceversa.
A mí me parece que, al menos en el contexto de nuestras culturas occidentales, la práctica explícita de la autocompasión es necesaria. Tenemos una fuerte tendencia a recriminarnos a nosotras mismas, incluso a odiarnos. Kristin Neff divide la autocompasión en tres elementos: amabilidad hacia uno mismo, humanidad compartida y atención plena.
- La amabilidad nos permite responder a nuestras dificultades con el mismo cuidado que ofreceríamos a un ser querido.
- La humanidad compartida nos recuerda que no estamos solas o solos en nuestras imperfecciones.
- La atención plena nos ayuda a observar nuestras emociones sin exagerarlas ni reprimirlas, creando un espacio de aceptación y equilibrio.
Si bien estos principios son fundamentales, es importante reconocer que la compasión, en su sentido más amplio, no se limita a la experiencia individual, sino que también influye en nuestras relaciones y en la sociedad en su conjunto.
En la práctica, la autocompasión implica desarrollar un diálogo interno más amable, menos sancionador. En lugar de castigarnos por nuestras fallas, podemos preguntarnos: «Si alguien a quien quiero estuviera pasando por esto, ¿qué le aconsejaría?» Esta pregunta nos permite salir del juicio automático y severo, y acercarnos a nuestra propia experiencia con mayor ternura.
La resistencia a la autocompasión con frecuencia proviene del miedo a volvernos complacientes con nosotros mismos. Creemos que sin autocrítica perderemos el interés por crecer, que necesitamos la severidad del juicio para mejorar. Pero los estudios han demostrado lo contrario: las personas autocompasivas son más resilientes, aprenden de sus errores con mayor facilidad y experimentan menos ansiedad y depresión, como se menciona en el texto de Neff.
Cultivar la autocompasión no significa pasar por alto nuestros errores, sino aprender a enfrentarlos sin que nos definan. Nos permite avanzar desde un lugar de fortaleza en lugar de miedo. Es un acto revolucionario en un mundo que nos ha enseñado a tratarnos con dureza. Y, como toda revolución, comienza con un primer paso: el reconocimiento de que podemos dar pero también recibir nuestra propia bondad.
Referencias
Anālayo, B., & Dhammadinnā, B. (2021). From Compassion to Self-Compassion: A Text-Historical Perspective.
Neff, K. D., & Knox, M. C. (2017). Self-Compassion. En V. Zeigler-Hill & T. K. Shackelford (Eds.), Encyclopedia of Personality and Individual Differences. Springer International Publishing.
Quaglia, J. T., Soisson, A. M., & Simmer-Brown, J. (2020). Compassion for self versus other: A critical review of compassion training research.
Śāntideva (siglo VIII). Bodhicaryāvatāra.
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