Tómate un momento para pensar en una situación reciente en la que sentiste frustración o impotencia. Puede ser algo complejo, como una ruptura, o algo cotidiano, como un trámite que no salió bien. Imagina que se lo cuentas a una amiga o amigo y luego reflexiona sobre estas respuestas que, aunque bienintencionadas, suelen bloquear la empatía y la conexión:
- Didactismo o amonestación: “Tienes que aprender a hacerte valer”, “Deberías haber protestado…”
- Culpabilización o crítica: “Seguramente es culpa tuya. Siempre te pasa lo mismo.”
- Consejos no pedidos: “Lo que tienes que hacer es…”, “Conozco a un terapeuta estupendo…”
- Advertencias o amenazas: “Más vale que lo resuelvas pronto o…”, “¿Cuántas veces te he dicho…?”
- Autoritarismo o dirigismo: “Supéralo de una vez. Ya va siendo hora de que lo olvides…”
- Análisis o diagnósticos: “El problema es que…”, “Tal vez sea un patrón de tu infancia…”
- Comparación o trivialización: “¿Eso te parece tan grave? Pues yo una vez…”
- Distracción o sarcasmo: “Bueno, ¿qué vas a hacer ahora? ¿Ya viste la nueva serie?”
- Interrogatorio: “¿Dónde estabas? ¿Por qué te metiste en eso?”
- Compasión o consuelo exagerado: “Pobrecilla… Seguro que todo va a salir bien»
Estas respuestas, aunque sinceras, pueden impedir que realmente conectemos y ofrezcamos apoyo auténtico. Ser conscientes de ellas nos ayuda a escuchar con más empatía y a responder de una manera que realmente acompañe a la otra persona. Practicar una escucha sincera es un regalo que fortalece nuestras relaciones y nos conecta más profundamente.
𝘉𝘢𝘴𝘢𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘭𝘪𝘣𝘳𝘰 “𝘚𝘢𝘺 𝘞𝘩𝘢𝘵 𝘠𝘰𝘶 𝘔𝘦𝘢𝘯”, 𝘥𝘦 𝘖𝘳𝘦𝘯 𝘚𝘰𝘧𝘦𝘳𝘴.
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