La decepción como claridad

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Por más raro que parezca, hay decepciones que no solo duelen: también traen claridad.

A veces nos vamos alejando de alguien paulatinamente. El vínculo ya no es el mismo, las visiones se han roto en lo profundo, pero queda un lazo silencioso, una especie de deuda emocional con lo que esa relación significó.

Y entonces sucede algo. Una acción que cruza un límite ético. Algo que ya no se puede desoír ni maquillar.

Duele. Pero también libera.

Porque ya no hay que seguir sosteniendo lo insostenible. Ya no hace falta justificar, explicar, esperar. La decepción confirma lo que el cuerpo ya sabía, aunque la mente por momentos tuviera dudas.

Y en esa claridad, hay descanso.

No se trata de resentimiento ni de superioridad moral. Se trata de dejar ir lo que ya no es mutuo. De entender que, a veces, la decepción es la última forma que tiene una relación de mostrar que ya no hay camino compartido.

Y que está bien así.


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