Por interés personal, en 2021 comencé a explorar el tema del abuso sexual en contextos religiosos, y considero que la muerte del papa Francisco ofrece una oportunidad para abordar su legado en el tema. El papa no estuvo exento de contradicciones, pero hay que reconocer que, en 2018, dio pasos significativos al visibilizar la cualidad estructural del problema. En dos cartas escritas ese año, Francisco no se limitó a lamentar los abusos cometidos por sacerdotes; habló con claridad de una «cultura del abuso y del encubrimiento», del «abuso sexual, de poder y de conciencia» como parte de una «cultura de la muerte».
Los abusos que se dieron a conocer en el último tramo del siglo XX dejaron a la iglesia católica muy mal parada. Se sabía, se toleraba y se encubría a curas que abusaron durante décadas de cientos o miles de menores, también de mujeres adultas, pero sobre todo de niños y adolescentes. La institución eclesiástica no sólo ignoró las denuncias, sino que organizó o al menos permitió campañas de desprestigio contra los denunciantes. Así quedó establecido en numerosos casos, como el de Pensilvania en el que se encubrió durante siete décadas a cientos de curas que abusaron de más de mil menores; o el caso del Padre Masiel en México, protegido por los Legionarios de Cristo y por el propio Vaticano durante décadas. Los pocos que se atrevieron a denunciar fueron sujetos de difamación y expulsión de sus comunidades. La iglesia ponía por delante el cuidado de su reputación más que la protección de las posibles víctimas.
Durante 2018, el papa Francisco publicó dos cartas con respecto al abuso sexual. En la primera, del mes de mayo, introduce el término “cultura del abuso y del encubrimiento” con lo que claramente está reconociendo que no se trata de casos aislados, de manzanas podridas, sino de una práctica extendida y tolerada. En agosto de ese mismo año, el papa publicó la segunda carta, en la que habla del “abuso sexual, de poder y de conciencia en manos de sacerdotes”, como parte de la “cultura de la muerte” que debe ser erradicada. Las cartas son una joya que nos da pie para varias reflexiones.
En qué sentido se trata de un problema estructural
Decir que la violencia y el abuso son estructurales en una comunidad humana no significa que todas las personas participen directamente en actos de violencia, sino que las condiciones que permiten y toleran el abuso devienen de las normas, valores, jerarquías y formas de relación con que se regula la vida de una determinada comunidad. En algunos contextos, el poder tiende a concentrarse sin control ni mecanismos de regulación en algunas figuras; el silencio y la lealtad obediente se viven como virtudes, y las críticas son vistas como amenazas a la unidad y existencia misma de la comunidad o institución.
Puede ser que estas normas y valores no estén escritas, pero aun así forman parte de la cultura de la organización. Entonces, el abuso no es una desviación del sistema, sino una expresión “natural” del mismo, que protege más a la figura de autoridad que a las personas vulneradas.
«La cultura del abuso y del encubrimiento es incompatible con la lógica del Evangelio”. Esta declaración es, probablemente, una de las más contundentes en las cartas de Francisco: cualquier forma de autoridad que anule la dignidad de la otra persona no es evangélica, es abusiva.
No se trata solo de pedir perdón o de castigar a los culpables. Se trata de transformar la cultura. Dice el papa:
«la mejor palabra que podamos dar frente al dolor causado es el compromiso para la conversión personal, comunitaria y social que aprenda a escuchar y cuidar especialmente a los más vulnerables».
Una de las formas más lamentables en que opera la cultura del abuso es trasladando la responsabilidad del daño a quienes lo sufren. Frente a las víctimas, sobre todo si son mujeres adultas, pero no solamente, se activa una narrativa particularmente cruel: «ella lo buscó» “ella consintió”, «ella lo permitió, etc.
Este tipo de juicios se niega a reconocer la dinámica de poder que sostiene el abuso. La sumisión no es consentimiento; de hecho, cuando la asimetría es extrema, como suele ser en las relaciones espirituales verticales, el consentimiento es una falacia. No hay libertad real donde hay jerarquía emocional y dependencia simbólica. El poder, cuando se ejerce desde una posición espiritual, tiene la capacidad de mermar la voluntad, de colonizar el juicio, de debilitar las defensas más íntimas. En esa asimetría, no hay una igualdad de condiciones que permita hablar de consentimiento genuino. El abuso ocurre no a pesar del vínculo espiritual, sino a través de él. Este es el problema estructural.
La asimetría del poder y violencia espiritual
De acuerdo con José Andrés Murillo, de la Pontificia Universidad Católica de Chile, la base de todo abuso, especialmente el sexual, se encuentra en la asimetría de poder. Asegura que, para prevenir, es necesario comprender qué es el poder y cómo se ejerce en el contexto de la relación espiritual. En una relación, en este caso, una relación espiritual, una persona tiene poder sobre la otra. Aquí entiende por poder, la posibilidad de alterar el estado de otra persona. Debido a la fragilidad inherente de todo ser humano, todos somos susceptibles de ser alterados por otros. La naturaleza de la relación entre un guía espiritual y la persona a la que guía se funda en la confianza, en la apertura total de la persona guiada. Hablando del contexto católico, Murillo señala que la relación entre:
“un guía espiritual, confesor, superior o superiora de una congregación es directamente proporcional a la relación espiritual con la divinidad por parte de quien se expone. Se da, entonces, la mayor asimetría imaginable, porque es la asimetría de un ser humano abierta, expuesta ante lo divino.”
En este contexto, es importante destacar algunas ideas más que Murillo señala en su análisis sobre la iglesia católica pero que tienen relevancia en todo contexto espiritual:
Independientemente de la tradición religiosa, la relación espiritual tendría que derivar en el crecimiento y bienestar de la persona en su “cuidado, respeto, protección, integración psicológica o espiritual.”
Mientras mayor es la asimetría de poder, mayor es la posibilidad de alteración, y asimismo, mayor es la responsabilidad de quien actúa como guía.
Y en sus propias palabras: “Quien abusa sexualmente en este contexto de asimetría está entrando en esa íntima vulnerabilidad y utilizándola, llevando al plano de la confusión traumática lo que debería ser ejercicio de respeto y cuidado infinitos”.
Michelle Panchuk ha desarrollado el concepto de trauma religioso para referirse a aquellas experiencias donde el daño no sólo afecta el cuerpo o la mente, sino que hiere el corazón mismo de la relación con lo sagrado. “El trauma religioso transforma la relación de la persona con lo divino. Crea una ruptura entre el yo que confía y el mundo que debía ser sagrado”. Esta ruptura, señala, no siempre se manifiesta en el abandono de la fe, pero sí en una profunda reconfiguración de lo espiritual como lugar seguro.
No es casual que muchas personas sobrevivientes tarden años, incluso décadas, en reconocer el abuso como tal. En contextos religiosos, el poder no se presenta como imposición sino como cuidado del otro o la otra; no como imposición de voluntad sino como guía segura para la liberación.
El abuso y el trauma religioso no sólo son de tipo sexual, hay otras formas menos conocidas pero importantes, como el abuso narcisista, ejercido en no pocas ocasiones por mujeres religiosas, pero ese es tema de otra necesaria reflexión.
La lógica del silencio y la fuerza de la palabra
El papa Francisco reconoció en sus cartas que una de las omisiones más graves ha sido la falta de escucha:
«Creo que aquí reside una de nuestras principales faltas y omisión: el no saber escuchar a las víctimas. Así se construyeron conclusiones parciales a las que les faltaban elementos cruciales para un sano y claro discernimiento. Con vergüenza debo decir que no supimos escuchar y reaccionar a tiempo».
En esta frase se condensa la dimensión moral y epistémica del silencio: al no escuchar, se oculta el daño y se invalida la posibilidad misma de la verdad.
La primera capa de la cultura del abuso es, de hecho, el silencio. No sólo el que impusieron jerarcas eclesiásticos al interior de sus instituciones, sino también el que se reprodujo entre las propias comunidades. En muchos contextos espirituales, se alienta a no cuestionar a las figuras de autoridad, a evitar el escándalo, a proteger la armonía. El silencio muchas veces se justifica con argumentos espirituales: “no hay que dividir la comunidad”, “no hay que sembrar duda”, “no hay que criticar a quien tanto beneficio aporta”. La armonía, el no hablar mal de los demás, que sin duda son principios éticos básicos e indispensables, se convierten en herramientas del poder cuando se utilizan para encubrir prácticas abusivas.
El costo de ese pacto es inmenso. El sufrimiento que no se nombra permanece en el cuerpo, dice Bessel van de Kolk, experto en trauma.
El silencio es, en palabras de la teóloga Mary Hunt, el principal aliado del abuso espiritual, porque mantiene la violencia en secreto y al perpetrador como figura sagrada. Se hace imposible denunciar lo que no puede ser nombrado, y quien intenta romper ese pacto se enfrenta al aislamiento, la incredulidad o el descrédito.
Por eso, el reconocimiento de las víctimas como protagonistas éticas del cambio es una de las afirmaciones más potentes del papa:
«Todo el proceso de revisión y purificación que estamos viviendo es posible gracias al esfuerzo y perseverancia de personas concretas que, incluso contra toda esperanza o teñidas de descrédito, no se cansaron de buscar la verdad; me refiero a las víctimas de los abusos sexuales, de poder, de autoridad y a aquellos que en su momento les creyeron y acompañaron. Víctimas cuyo clamor llegó al cielo».
Cuando el abuso se encubre con el silencio institucional o comunitario, y se descalifica la denuncia en nombre de la sacralidad, lo que se protege no es la fe sino el poder. De ahí la fuerza de otra afirmación clave de Francisco:
«Urge, por tanto, generar espacios donde la cultura del abuso y del encubrimiento no sea el esquema dominante; donde no se confunda una actitud crítica y cuestionadora con traición».
Si el silencio es una herramienta de control, la palabra es un acto de liberación. Nombrar el abuso es romper el pacto implícito del poder devastador. Es reconocer abiertamente que la espiritualidad, cuando se mezcla con jerarquías incuestionables, puede volverse un terreno fértil para la violencia. Como pensaba Paul Ricoeur, el reconocimiento es parte de la justicia: no basta con denunciar el daño, es necesario que quien fue vulnerado sea reconocido como sujeto de verdad. Y ese acto, individual y colectivo, tiene un increíble poder de sanación.
Todas y todos quienes estamos en comunidades espirituales tendríamos obligación ética de contemplar lo dicho en estas cartas.
Francisco, se te va a extrañar.
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