Otro modo de ser viejas

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En días pasados fui al mercado y me quise estacionar en un espacio que el franelero consideró que no iba a poder hacerlo; sorprendido de que lo lograra, les gritó a sus compañeros: ¡Mira la ruca!

No me molestó y hasta sonreí. Era un reconocimiento que contradecía al diccionario que señala que, en países de América Latina, ruca equivale a vieja o inútil –persona que no puede trabajar o moverse por impedimento físico.

Estoy logrando mi objetivo, me dije, seré una vieja apartada del estereotipo. Porque no puedo evitar envejecer, pero puedo incidir en la modalidad.

Como lo he narrado en números anteriores de la revista, me inicié en el feminismo a principio de los años 70, soy parte de toda una generación de mujeres mexicanas a las que nos tocó abrir camino en temas fundamentales para el movimiento feminista y de mujeres. Rebeldes y transgresoras, nos han llamado en los reportajes y estudios y quiero apostar a que sigamos siendo así ahora que nos estamos haciendo viejas.

La palabra vieja viene del latín vetus: Dicho de un ser vivo de edad avanzada
• existente desde hace mucho tiempo…
• deslucido, estropeado por el uso…
• usado o de segunda mano

y el diccionario de la Real Academia dice que es también un apelativo afectuoso para dirigirse a una persona de confianza.

El tema de la vejez no es popular, genera resistencia, hasta rechazo. Asumirnos como viejas es difícil por las connotaciones que invoca. Y también porque una mayoría de feministas viejas seguimos trabajando, sea en las instituciones, en proyectos personales, en el activismo… y nos molesta esa disparidad entre la forma en que se nos cataloga y la vitalidad, las pasiones y hasta las ambiciones que se siguen experimentando entre nosotras, dice Jean Franco.

Pero también veo a mi alrededor cómo están viviendo su vejez algunas compañeras, dolorosamente ya enfermas o incapacitadas, en manos de hijas, hijos o parientes que toman decisiones “por su bien”, pero que no las toman en cuenta, porque a las viejas se les trata como menores de edad y lo más fácil es ignorar sus deseos con el justificante de que “ya no saben lo que quieren”.

También hay compañeras haciendo colectas para atender problemas de salud o de precariedad laboral; que no alcanzaron pensión, que no tienen vivienda propia… que no se pueden jubilar y siguen en el mundo laboral.

Por mi parte, igual que muchas otras de mi edad, desde hace un par de años estoy enfrentando a diario micro transformaciones de cuerpo y alma, que en muchos casos me resultan dolorosas. Como en La Metamorfosis de Kafka, hay días que despierto convertida en cucaracha; en un cuerpo extraño, en este caso ajado e impredecible. El poema de Gioconda Belli me describe: “la edad me está recreando, un rostro desconocido empieza a aparecer, sobre mi rostro. Cada día, en vez de la semblanza a la que estoy habituada, otra mujer se asoma en el espejo, y me mira desde una madurez que aún no reconozco como mía”.

Me queda claro que me voy a ir transformando en una nueva persona. Me siento Like a virgin en este proceso. Será mi primera vez como vieja. Hasta cierto punto estoy emocionada. Es un privilegio, muchas no llegan, varias muy queridas no llegaron.

Tanta novedad también me da miedo, por eso me gustaría vivir esta etapa acompañada y de ser posible reflexionando colectivamente, de lo personal a lo político, sobre la vejez y el envejecimiento.

Me parece importante para resistir y combatir la cultura de ignorar a las viejas, de no valorar su experiencia, de desecharlas cuando más preparadas están y justo cuando están liberadas de compromisos familiares que las frenen. Uno de los principales achaques en el envejecimiento de las mujeres es la depresión, que lleva a muchos otros padecimientos y que está ligada al concepto de productividad y de utilidad de nuestra sociedad. El mandato patriarcal de la vejez es durísimo, hasta a las feministas nos confunde.

Desde hace rato hay material para una reflexión feminista sobre la vejez. El número 42 de la revista Debate Feminista, que salió en 2010, está dedicado a Las Viejas, pero en ese entonces tenía 60 años, andaba del tingo al tango y mi padre era un viejo que vivía solo, iba al bar tres veces a la semana y cantaba con sus amigos de la bohemia, así que ni hablar de la vejez. El volumen quedó en el librero todos estos años.

En las primeras páginas de ese Debate, hay propuestas interesantes, provocadoras. Jean Franco nos dice que “Hasta que perdamos la vergüenza de sentirnos viejas no habrá un pensamiento político de la vejez.” La frase me pegó duro. Y dice también que tenemos que aprender a aprovecharnos de nuestra edad, a usarla políticamente y ejemplifica con las Abuelas de la Plaza de Mayo.

Por su parte, Martha Holstein nos habla directo y advierte: “el deterioro corporal implica una amenaza para nuestra identidad e integridad”. Las limitaciones físicas asociadas al envejecimiento serán crónicas y recurrentes, nos dice, “entre más tiempo viva una mujer, lo más probable es que habite un espacio físico cada vez más restringido. Estos cambios están auténticamente vinculados al envejecimiento o son su resultado, y nos sucederán a pesar de los regímenes dietéticos, las grandes cantidades de té verde y el ejercicio”.

Para ella el gran logro es aprender a vivir plenamente y bien –y con orgullo– a pesar de tales limitaciones. Esta meta, este acto de resistencia, también nos dice, aún no forma parte de la conversación popular en círculos feministas.

Las propuestas de Holstein, y de Caroyn G. Heilbrun y Anna Freixas en este número de Debate, hablan de una revolución simbólica femenina que rompe los estereotipos en la búsqueda de nuevas maneras de ser mujer adulta mayor, en las que envejecer no represente una tragedia, por el contrario, se reflexione en las fortalezas de envejecer, en los saberes de las mujeres, y se construyan actos de resistencia en comunidad con otras mujeres y en lo personal.

Quince años después de esta propuesta, parece que la conversación feminista en México sobre la vejez está arrancando. Ya nos toca. Hasta hace muy poco no queríamos ni hablar del tema. A lo más, nos quejábamos de la discriminación de las feministas jóvenes, que no estaban interesadas en escucharnos, sino hablar de lo que les está tocando vivir. Valdría respondernos ¿dónde están las viejas en el movimiento feminista de hoy?

La ausencia de una voz colectiva de feministas viejas en la discusión de la Ley de Cuidados recientemente aprobada me habló de la necesidad de empoderarnos.

Hay muchos asuntos para una agenda de las viejas. Queda pendiente irlos abordando aquí.

Uno prioritario es revisar los planes gubernamentales de vivienda anunciados tanto en CDMX como a nivel federal, para que incluyan espacios habitacionales para viejas en distinta modalidad, desde las casas de retiro, a la vivienda colaborativa o co-housing. Comparto el interés y trabajo de algunas feministas en esto, pero no se ven avances. La inclusión tan publicitada y el llegamos todas, debe incluir a las viejas en esta y en todas las políticas sociales.

Por eso es importante construir una identidad política que nos permita plantear nuestras problemáticas y desafíos, exigir políticas públicas para vivir bien nuestras vejeces y acciones que garanticen nuestros derechos.

A los 75 años siento que he vivido muchas vidas y ahora empieza otra más.

El camino que quiero andar en esta última etapa es el que me plantean estas viejas feministas. Sentirme orgullosa de ser vieja. Contribuir con mi reflexión a una toma de conciencia crítica, liberadora, para las mujeres de mi generación.

Negarnos a repudiar la edad y ocuparnos de la reflexión en torno a la construcción de una identidad como mujer vieja para desafiar y resistir. Solo así es posible oponerse a las normas culturales patriarcales y capitalistas, casi siempre dañinas, que amenazan la dignidad, la autoestima y la integridad de las mujeres.

Exigir para todas el derecho a una vejez digna. Construir en colectivo una nueva forma de ser viejas. Ya hay avances y estrategias que me gustaría compartir. Ojalá estén interesadas.

* Susana Vidales es una feminista mexicana de larga trayectoria como activista del movimiento desde los años setenta del siglo XX. Correo: suvidales@gmail.com

Se reproduce este artículo con la anuencia de la autora y de la revista Cuadernos Feministas, donde fue publicado originalmente.


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