Caminar junto a los ancestros en tiempo real

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Caminar por Tijuana con Jaime y Carmen, en lugares como el CECUT o la Revolución, es como caminar con mi amiga Nangpel por una vereda floreada. Ella se detiene cada cierto número de pasos a observar con toda calma una diminuta florecita que le llama su atención por su color o forma, en la que ella con ojo avispado reconoce lo que destaca de entre las otras que yo veo iguales. Con Jaime y Carmen, damos unos cuantos pasos y alguien aparece para saludarlos con un gusto enorme, intercambian saludos y abrazos, se cuentan las últimas novedades de su salud y, desde luego, de las actividades que están realizando en la Casa Obrera.

Quizá lo que más me llama la atención es que, aunque hubo encuentros con pares generacionales, la mayoría de las veces los saludaron jóvenes de distintas edades. Mis amigos me explican siempre quién es la persona con la que acaban de hablar: el hijo de fulana de tal que era trabajadora de la maquila, el hijo de un activista del movimiento por el agua, o un joven que participa de la causa palestina. 

Por ahí, alguien que se los encuentra reacciona con gusto y con bastante gracia diciendo: “ah, aquí están mis ancestros”.

Últimamente, en algunos círculos, se usa con frecuencia la invocación a los ancestros, como reconocimiento de linajes que nos vinculan con quienes nos han precedido y legado conocimiento, sabiduría e inspiración. Es una especie de valoración transgeneracional, de un orgullo de raíces profundas que nos interconectan y nos ayudan a resistir el aislamiento.

Mis dos amigos son antiguos militantes de Tijuana. Deben haber hecho presencia, en las últimas décadas, en una gran cantidad de luchas en esa ciudad, especialmente sindical y feminista. También me llama la atención que ellos han encontrado no sólo reconocimiento sino cuidados activos de jóvenes que, en ocasiones, les han ayudado a “hacer cola” de madrugada en trámites que tienen que realizar, un apoyo que muchas personas mayores reciben de sus familiares.

Pienso entonces que en algunos círculos de participación se van creando relaciones de afecto y cuidados en lo que quizá podríamos llamar “familias elegidas”. Esta interacción entre activistas de distintas generaciones la he observado también en otros espacios de Ciudad de México. Pienso en el caso de una amiga que no tiene familia en el país y que, durante una crisis de salud, fue acompañada por sus camaradas más jóvenes, además de pares, en una estancia hospitalaria. Otro caso es el de una amiga que trabaja en una cooperativa de pan con personas más jóvenes que, frente a sus problemas de salud, han hecho ajustes solidarios para que ella pueda reponerse y seguir siendo parte del proyecto. También pienso en casos en los que jóvenes ayudan a mayores a resolver los eternos desafíos con la tecnología.

Me produce mucha ternura este vínculo entre personas de distintas edades que comparten entre sí tiempo, cuidados, conocimientos y experiencia.

La palabra ancestro se usa tradicionalmente en términos genealógicos, y casi siempre hace referencia a personas del pasado, que ya no están pero nos legaron algo que ahora reconocemos como valioso. Por eso, es un tanto original y divertido, caminar las calles de Tijuana con ancestros que están vivitos y coleantes.  


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