No empequeñecer ante las guerras

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Lo que está pasando en el mundo duele. Nos abruma. Nos sobrepasa. Pero justo por eso, no es hora de empequeñecer o escondernos.No se trata de entenderlo todo, ni de convertirnos en expertas geopolíticas. Se trata de informarnos con conciencia, de no caer en la propaganda ni en la simplificación. De participar desde donde estamos, con lo que podemos: una conversación, una lectura compartida, una republicación, una decisión de no ser indiferentes.

¿𝑸𝒖𝒆́ 𝒆𝒔 𝒑𝒐𝒔𝒊𝒃𝒍𝒆 𝒉𝒂𝒄𝒆𝒓 𝒆𝒏 𝒍𝒐 𝒔𝒊𝒎𝒃𝒐́𝒍𝒊𝒄𝒐 𝒚 𝒄𝒐𝒎𝒖𝒏𝒊𝒄𝒂𝒕𝒊𝒗𝒐?

A veces sentimos que hablar o escribir no es “hacer”, pero lo simbólico también es campo de disputa:

  • Nombrar lo que pasa con palabras propias. Resistir la simplificación, el cliché, los hashtags que todo lo igualan. Hacer una pausa para nombrar lo complejo es un acto necesario.
  • Sostener la atención en lo importante sin caer en la lógica de la novedad constante. ¿Qué temas merecen continuidad, aunque no estén de moda esta semana?
  • Dar lugar al duelo, a la rabia lúcida, al dolor que no paraliza. No hace falta proponer soluciones siempre, pero sí podemos resistir la banalización.

¿𝑸𝒖𝒆́ 𝒆𝒔 𝒑𝒐𝒔𝒊𝒃𝒍𝒆 𝒉𝒂𝒄𝒆𝒓 𝒆𝒏 𝒍𝒐 𝒑𝒓𝒂́𝒄𝒕𝒊𝒄𝒐 𝒚 𝒄𝒐𝒍𝒆𝒄𝒕𝒊𝒗𝒐?

Aquí es donde más duele y más se juega la posibilidad de no rendirse.

  • Apoyar a quienes sí están actuando: movimientos, redes, periodistas, defensoras. Aunque parezca poco, un donativo, una difusión o un contacto pueden sostener mucho.
  • Construir o fortalecer comunidad. Aunque sea pequeña: un grupo de lectura, una red de cuidado, un colectivo local. En la resistencia a veces importa más el vínculo que la cantidad.
  • Nombrar lo que no queremos normalizar. A veces el acto más radical es seguir diciendo: esto no está bien. No me acostumbro. No es inevitable. No es humano. No en mi nombre.


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