La rabia es parte del camino

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A quienes nos importa la justicia sentimos rabia, tarde o temprano. Es legítimo y no deberíamos sentirnos culpables por ello. La rabia nace cuando se cruzan límites, cuando se causa daño, cuando quienes ostentan el poder lo usan para violentar. La rabia no es el problema. El problema puede surgir si nos quedamos atrapados en ella y no sabemos qué hacer.

Negarla nos puede enfermar. Actuar desde ella nos puede llevar a errores de los que podríamos arrepentirnos. En realidad, debajo de esa rabia hay amor, tristeza, un deseo inmenso de proteger a otros y otras.

Quizá necesitamos espacios colectivos donde hablar de nuestra rabia social. No para desbordarla sin dirección, sino para reconocerla como señal. Porque bien acompañada nos recuerda, como sociedad, qué valoramos y qué no estamos dispuestas ni dispuestos a tolerar.

Podemos empezar por ser plenamente conscientes de cómo se siente la rabia en el cuerpo: palpitaciones, opresión, temblor. Dejarla estar. No justificarla ni juzgarla. Sólo habitarla conscientemente. Y al hacerlo, emerge lo que está debajo: compasión, tristeza, anhelo de un mundo distinto.

El propósito no es dejar de sentirla, porque entonces será más difícil todo, se arraigará como si tuviera vida propia y nos poseerá. La práctica es permitir que nos atraviese sin destruirnos. Es transformar esa energía en acción con sentido. Porque no hay justicia sin verdad emocional. Y no hay verdad si no hay espacio para sentir.

No deberíamos ver la rabia como un defecto en sí mismo, como un demonio incontrolable, como ninguna otra emoción que nos aflige, sino saber reconocerla como impermanente y como parte del proceso personal y espiritual. Si aprendemos a estar con ella, pero sobre todo a reconocer lo que le subyace, se puede volver nuestra amiga y maestra.


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