Deberíamos abrazarnos más y más tiempo

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Nos abrazamos poco, menos de lo que deberíamos. Que dos seres, o más, se entrelacen con sus brazos para expresar “algo”, es una práctica que tiene historia, antropología, género, edad y ciencia.

La mayoría de los mamíferos goza del abrazo, del apapacho: un cachorro de elefante calma su pena cuando otra cría lo envuelve con la trompa; un grupo de gatitos duerme enredado, latiendo como un solo corazón diminuto.

En nuestra especie, el abrazo no es libre, es un acto reglamentado. No abrazamos a cualquiera, ni en cualquier lugar, ni con la misma duración. En algunas culturas, el contacto físico en público es mínimo y el abrazo íntimo queda para vivirse en privado; en otras casi nunca viene solo, se acompaña de besos en la mejilla. El abrazo se ofrece en el marco de una celebración, de un funeral, de una despedida o de bienvenida. Puede ser gesto de amor, gratitud, saludo, amistad, respaldo o reconciliación.

A las niñas y niños se les abraza tanto que a veces se sienten agobiados. Ellas y ellos buscan los brazos de quienes les cuidan, les aman, les protegen. Adolescentes y jóvenes se abrazan entre sí. Quizá es la edad en la que el contacto físico entre iguales se busca y consigue con más intensidad, en la amistad y en el amor. En la adultez el contacto se reserva para la pareja o los vínculos más cercanos. En la vejez, los abrazos llegan a cuentagotas.

Las amigas se abrazan poco, los amigos menos aún. A menudo los hombres tienden a expresar protección con gestos firmes, mientras que muchas mujeres incorporan matices expresivos como miradas, sonrisas o toques suaves. Entre amigo y amiga, los abrazos suelen ser esporádicos y discretos, para no confundir.

Hay todo tipo de abrazos. Los que se anhelan cada día, los inesperados, los que estremecen sin saber por qué, los incómodos, los indeseables. Hay abrazos sinceros y los que saben a falsedad. Hay abrazos que expresan la felicidad del logro compartido.

La ciencia dice que el contacto físico consensuado, incluyendo el abrazo, se asocia con la disminución de la ansiedad y depresión, además de proveer otros beneficios psicológicos. La psicoterapeuta Virginia Satir dice que «necesitamos 4 abrazos al día para sobrevivir, 8 para mantenernos, y 12 para crecer». También se dice que cada abrazo debería durar un mínimo de 20 segundos para activar los mecanismos biológicos que reducen el estrés y fortalecen nuestros vínculos.

Recordar el distanciamiento obligado de la pandemia todavía me da escalofríos. Aprovechemos la vida que nos queda para abrazarnos más, y más tiempo.


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