En los últimos meses se ha vuelto difícil sostener conversaciones sin que asome cierta ansiedad colectiva. En redes, en aulas, en las conversaciones cotidianas, flota una sensación de desasosiego moral. Una mezcla de tristeza, enojo e impotencia que atraviesa a quienes observan, desde lejos, la devastación en Gaza. Las imágenes, los testimonios, los cuerpos bajo los escombros parecen fracturar algo más que la sensibilidad. Duelen en el plano de la conciencia.
Las emociones morales son emociones sociales motivadas por nuestros juicios morales y conductas éticas, se refieren a nuestras creencias sobre el bien y el mal, pero también motivan comportamientos que favorecen la justicia social y el bienestar colectivo.

En estas semanas he percibido la expresión de estas emociones en redes sociales, en distintos círculos, diferentes países, religiones, ideologías políticas, profesiones, edades, etc. Gaza produjo un fenómeno global de emociones morales que no recuerdo haber visto antes.
Desde luego, también hay negación, ironía o simple indiferencia, incluso reacciones burlonas respecto a las víctimas y a quienes se han organizado para intentar parar el horror. Las motivaciones y explicaciones aquí pueden ser muchas: convicción, rivalidad política, racismo, y muchas otras. Creo que una posibilidad, al menos en una parte de este espectro, es que la falta de empatía provenga de mecanismos para escapar de una realidad agobiante. No todos pueden mirar, y no todos quieren hacerlo.
Del trauma psicológico al trauma moral
En septiembre de 2025, la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) incorporó al Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (conocido como DSM-5-TR) una nueva categoría denominada “problema moral, religioso o espiritual”.
Más que un diagnóstico, se trata del reconocimiento de que la conciencia humana puede sufrir. La definición oficial habla de experiencias que alteran la comprensión de lo correcto y lo incorrecto, o que amenazan la sensación de bondad de uno mismo, de los otros o de las instituciones.
Detrás de esa inclusión está el trabajo del Human Flourishing Program de la Universidad de Harvard, dirigido por Tyler VanderWeele y Jennifer Wortham, quienes propusieron un marco teórico para comprender este tipo de sufrimiento. A ese marco lo llaman “espectro del trauma moral”.
Según su investigación, el trauma moral o daño moral surge cuando una persona actúa, presencia o padece algo que contradice sus valores más profundos y desorganiza su sentido del bien y del mal. Puede adoptar distintas formas: angustia, culpa, vergüenza, desesperanza, pérdida de confianza o fe.
Durante décadas, las categorías dominantes para explicar cómo se quiebra la estabilidad emocional frente a la violencia y las catástrofes han sido el trauma psicológico y el estrés postraumático. Pero en los últimos años ha emergido esta otra forma de sufrimiento, menos visible pero igualmente profunda que es el daño moral. No se trata de una enfermedad mental, sino de una herida ética que duele.
A diferencia del trauma psicológico, que nace del miedo o la amenaza, el daño moral se origina cuando algo atenta contra la conciencia ética. Es la fractura que se produce cuando una persona, una institución o una sociedad entera violan lo que consideran justo o necesario para sostener la vida.
Transgresores, víctimas y testigos
Los investigadores de Harvard propusieron un marco que unifica dos conceptos antes dispersos: angustia moral (moral distress) y daño moral (moral injury). Ambos integran un espectro del trauma moral, que va de una tensión pasajera a una herida duradera en la conciencia ética. La angustia moral surge cuando la experiencia personal amenaza la sensación de bondad propia o ajena, o confunde la noción de lo correcto y lo incorrecto. Si esa perturbación se prolonga y desordena la vida cotidiana, se convierte en daño moral, e incluso, en los casos más graves, en un trastorno por daño moral (moral injury disorder).
Esta conceptualización es poderosa porque incluye a todos los involucrados: quien comete una transgresión, quien la presencia sin poder impedirla y quien la sufre directamente. Los tres comparten un mismo campo de ruptura moral, aunque con diferentes manifestaciones.
En el caso de Gaza, aún no disponemos de información sistemática sobre las reacciones psicológicas de quienes ejecutan o participan en la violencia, aunque se han filtrado reportes aislados de suicidios entre soldados. El trauma de las víctimas es incuestionable y en buena medida inimaginable. Pero sí podemos inferir los efectos del daño moral en los testigos distantes, en quienes en todo el mundo presenciamos la devastación a través de pantallas. Lo que se ha llamado un genocidio transmitido en vivo pone en crisis la conciencia moral de quienes observan impotentes el sufrimiento, viviendo el día a día con una realidad que desafía la noción del bien y de lo humano.
Un trastorno que afecta la integridad ética de quienes atestiguan
El daño moral no se limita al sufrimiento emocional. Sus manifestaciones alcanzan planos profundos de la vida interior:
- Afectivos: culpa, vergüenza, ira, desesperanza, impotencia.
- Cognitivos: pérdida de confianza en uno mismo, en los demás o en las instituciones; confusión sobre lo que es el bien y el mal.
- Espirituales: pérdida de fe, dificultad para perdonar, sensación de abandono moral o divino.
- Relacionales: aislamiento, resentimiento, cinismo, ruptura de vínculos.
A continuación se presentan algunos enunciados utilizados para evaluar el daño moral en testigos de la violencia.

Una herida que también puede ser colectiva
Uno de los avances conceptuales más significativos es que este modelo reconoce la posibilidad del daño moral colectivo.
Cuando instituciones o comunidades completas traicionan sus propios valores, por omisión, indiferencia o complicidad, el daño no solo recae en las víctimas, sino también en la conciencia colectiva que presencia la injusticia.
Esa traición de los valores compartidos puede erosionar la confianza, la solidaridad y la idea misma de humanidad.
En este sentido, la categoría de “problema moral” en el DSM representa una ampliación del campo clínico hacia la ética social ya que admite que la salud mental depende también del entorno moral en el que vivimos.
Una respuesta: negación y banalización
En el caso del genocidio en Gaza, hay varios tipos de reacciones, personas que se mantienen al margen, indiferentes y sin interés; quienes activamente minimizan el problema, quienes lo niegan o incluso quienes se burlan de las víctimas y de las personas que expresan preocupación. Gaza es un tema incómodo.
Desde esa perspectiva, me parece que la reacción de una parte de los espectadores que niegan o restan importancia al horror puede entenderse como un intento de proteger su integridad moral. La evasión y la banalización pueden ser defensas psicológicas frente a una herida ética que amenaza con abrirse.

Afrontamiento y reparación moral
Por otro lado, encontramos una inmensa cantidad de personas que se ha movilizado en las últimas semanas para impedir el genocidio. Desde luego el movimiento que más simpatías despertó a nivel global fue la Sumud Global Flotilla, que movilizó en mar a cerca de 500 personas de 44 países, y en tierra a millones de personas en distintos países. De forma notable, también, se ubica el boicot a la vuelta ciclista que Amador Fernández-Savater denomina la rebelión ante el mal; asmismo son impacatantes las manifestaciones históricas en Italia, Australia, Inglaterra, y en los propios países árabes.
En el modelo del trauma moral, esta respuesta es una forma activa de responder al sufrimiento, en un proceso que restituye el tejido moral dañado a través de vínculos, palabras y reconocimiento mutuo.
La solidaridad, las redes de apoyo y las prácticas colectivas de expresión emocional se entienden como mecanismos de reparación moral, equivalentes a los procesos terapéuticos en el plano clínico.

Mientras la evasión minimiza la realidad para proteger la conciencia, el afrontamiento activo busca restituir la integridad moral mediante el vínculo:
- Restauración de la confianza, cuando la solidaridad recompone la fe en la comunidad y contrarresta la alienación social.
- Manejo de emociones morales, sesiones colectivas para trabajar con las emociones operan como tratamientos éticos.
- Reconstrucción de la bondad: al reafirmar la posibilidad del bien en los otros y en las instituciones, la comunidad restaura el sentido moral que la transgresión había fracturado.
Reconocer el trauma moral no implica rendirse ante la desesperanza, sino entender que la conciencia también necesita cuidado. Allí donde la indiferencia anestesia, la solidaridad reanima. Nombrar el dolor, compartirlo, volverlo acción, esa es quizá la forma más profunda de salud mental que tenemos como especie.
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Dedico este texto a mis compañeras del chat Atent@s con Gaza, que han sido en estas semanas un necesario sostén ético y emocional.
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