No perdernos en la acción colectiva

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A veces, cuando participamos en algo colectivo (una asamblea escolar, el comité vecinal, una causa social, un grupo profesional o religioso, un chat incluso) nos abrimos al mundo de las y los demás. Escuchamos, opinamos, negociamos. Esa cercanía nos salva del encierro del individualismo. Nos recuerda que la vida sólo es posible en la interdependencia. Pero esta vida en comunidad también conlleva el desafío de evitar que la energía se gaste sólo en el afuera, que perdamos la claridad sobre lo que sentimos en cuerpo y alma, o incluso que olvidemos la motivación de nuestra actividad.

El cuerpo da señales, aunque no siempre las escuchamos. Se tensa, se agota, se desconecta. Y la vida interior, si no tiene espacio consciente, se vuelve ruido de fondo. Entonces dejamos de vernos en lo que hacemos. Lo de afuera y lo de adentro se separan, o quizá nunca se habían encontrado.

Participar no es perderse en el grupo o la multitud. Es acompañarle en un permanente diálogo consciente entre lo interno y lo colectivo. No hay frontera real entre ambos. Lo que ocurre en nuestras relaciones deja huellas en el cuerpo. Y lo que cultivamos dentro transforma nuestras relaciones con las otras personas. La vida pública y la vida interior no son aspectos complementarios; son más bien reflejos una de la otra. Sin embargo, hay que darse el tiempo y el espacio para reconocer y cultivar esa delicada relación.


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