Así como hace unos meses Gaza ocupó buena parte de la conversación pública, hoy es Venezuela. Y, aunque parezca extraño decirlo en medio de tanta polarización, que estos temas estén en la conversación es algo muy positivo. Habla de que muchas personas miran más allá de lo propio, que sienten que lo que pasa en otros lugares también les concierne. Desde la educación moral, la conversación pública es fundamental. Nada es peor que la indiferencia a lo que ocurre en el mundo. Nada nos deja en mayor soledad que la imposibilidad de conversar.
Las redes sociales, con toda su lógica de odio y desinformación, son una oportunidad para la conversación pública ética y formativa, pero para ello es importante distinguir entre propaganda y diálogo, porque fácilmente caemos en el acto de compartir propaganda de diversa índole y pensar que con ello estamos dialogando.
Como en todos los temas, las personas tenemos distintos puntos de vista de lo que sucede, no sólo entre países sino al interior de los países. No hay algo así como, “lo que las mujeres quieren es…”, “los palestinos piensan que”, ni siquiera “los venezolanos en el exilio opinan que…”, y quien lo asegure sólo está poniendo en una misma bolsa a una diversidad de personas con distintos acercamientos. Por economía del lenguaje solemos hacer generalizaciones que no corresponden con la compleja realidad.
Uno de los aspectos que preocupa en la conversación pública actual es el tipo de fronteras infranqueables que se montan. Junto al debate del tema en sí, aparece otro sobre quién puede hablar y quién no. Quién entiende y quién debería callar. Como si el sufrimiento viniera con sello de exclusividad y como si la empatía necesitara permiso. Entiendo de dónde viene ese impulso. Nadie quiere que su dolor sea usado, simplificado o explicado desde afuera con ligereza. Pero cuando la respuesta es cerrar la escucha, algo se rompe. No sólo en la conversación, también en la posibilidad de acompañarnos.
Particularmente llaman la atención cuatro formas recurrentes de descalificación en la conversación pública contemporánea: la descalificación por identidad, la descalificación por aptitud, la descalificación por experiencia directa y la descalificación por distancia. Todas operan de manera distinta, pero comparten un mismo efecto: invalidar al otro como interlocutor antes de tratar de entender lo que tiene que decir.
Descalificación por identidad. Se invalida la palabra del otro por quién es, no por lo que dice. Nacionalidad, origen, adscripción política, posición social o pertenencia colectiva funcionan como motivo suficiente para excluirlo de la conversación. No se discute el argumento. Se clausura al interlocutor.
Descalificación por aptitud. Aquí no se cuestiona la identidad, sino la competencia atribuida.
“No sabes lo suficiente”, “no eres especialista”, “no tienes la formación adecuada”. La palabra del otro se invalida por no cumplir con un umbral implícito de saber legítimo, aunque ese umbral rara vez se define con claridad.
Descalificación por experiencia directa. Aquí la exclusión se basa en no haber vivido el sufrimiento en primera persona. “No estabas ahí”, “no te ha pasado”, “no es tu historia”.
Esta descalificación es especialmente delicada, porque suele presentarse como defensa legítima del dolor. Pero en la práctica, puede cerrar la conversación incluso a quienes buscan comprender o acompañar.
Descalificación por distancia. Aquí el criterio no es la vivencia, sino la distancia, geográfica o simbólica. “Eso pasa allá”, “no es tu problema”, “ocúpate de lo tuyo”. Esta descalificación restringe la empatía y limita la conversación a lo inmediato, negando la posibilidad de una preocupación compartida más amplia.
En escenarios de violencia y polarización, la palabra es frágil, pero también es lo único que nos queda. Deslegitimarla de entrada, por identidad, por distancia o por falta de credenciales, nos deja más solos. Reconocer al otro como interlocutor válido no equivale a concederle la razón, sino a aceptar que sin escucha no hay posibilidad de comprensión ni de acompañamiento. Sin eso, la conversación pública deja de ser un espacio formativo para convertirse en otro campo de exclusión.
Y sin embargo, sí hay especificidades
Nada de lo dicho hasta aquí significa que no existan ámbitos de discusión y, sobre todo, de decisión que deban ser necesariamente situados y, en cierto sentido, exclusivos. Hay experiencias y luchas que sólo pueden ser decididas por quienes las viven directamente, porque son quienes ponen el cuerpo, quienes cargan con las consecuencias y quienes tienen la responsabilidad última sobre lo que se decide. Venezuela debe ser decidida por las y los venezolanos. El cuerpo de las mujeres, por las mujeres. Los derechos de las comunidades indígenas, por las propias comunidades indígenas.
Reconocer esto no contradice la idea de humanidad compartida. La completa. La conversación pública no reemplaza los espacios de decisión ni pretende apropiarse de ellos. Su función es otra: evitar que esos sufrimientos queden aislados, deslegitimados o convertidos en asunto ajeno.
Aquí aparece una cualidad necesaria para el diálogo. La capacidad de sostener, al mismo tiempo, que aunque todos los dolores nos conciernen como humanidad, éstos son encarnados en la experiencia situada, y por eso la palabra de las víctimas directas es fundamental. Entender esa diferencia no debilita la conversación sino que la hace más justa.
Hace algunas semanas se percibió cierta confusión en la conversación global cuando en las calles de Gaza se expresaron numerosas manifestaciones de gozo y alivio frente al llamado “Plan Trump”. Desde lejos parecía evidente que había una trampa pero para quienes salieron a celebrar había un alivio real, se podía dormir sin drones, se había sobrevivido, una nueva posibilidad de vida parecía comenzar. Se activó un principio básico de esperanza. En estos días hay enojo e incomprensión hacia buena parte del pueblo venezolano que celebra un final aparente de sufrimiento con lo que otros ven como el inicio de una nueva etapa de subordinación.
En estos casos la celebración se ve como ingenuidad, como error político, como falta de conciencia. Pero pocas veces nos detenemos a escuchar qué hay debajo de ese gesto. Desde la experiencia situada parece haber alivio, aunque sea temporal.
Escuchar no es estar de acuerdo. No es justificarlo todo ni renunciar a pensar. Es, al menos por un momento, suspender la necesidad de tener razón para permitir que la experiencia del otro exista en sus propios términos. Incluso cuando incomoda. Incluso cuando no encaja con nuestros marcos interpretativos. Incluso cuando nos descoloca.
La palabra que nos queda
Después de Gaza y de Trump, estamos ante un horizonte oscuro. Nadie tiene claro por dónde ir y, más que nunca, la conversación se vuelve un espacio que podemos aprovechar para no quedar aislados en el miedo, el enojo o la desconfianza mutua.
Algunas tradiciones éticas han insistido en esto desde hace tiempo. Adela Cortina, por ejemplo, sostiene que la ética dialógica implica formar personas capaces de participar en la vida pública de manera responsable, crítica y solidaria. No para imponer consensos, sino para reconocer al otro como interlocutor válido, construir mínimos éticos compartidos y sostener la dignidad y la justicia como horizontes comunes.
En tiempos de violencia y fragmentación, quizá no se trate de hablar más fuerte ni de tener la razón, sino de no perder del todo la capacidad de escucharnos.
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