¿Somos la balsa a la deriva, la ola o el océano?

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En un mundo que con frecuencia nos hace sentir a la deriva, las enseñanzas de la maestra tibetana del siglo XI, Machig Labdron, emergen como un puente entre la sabiduría ancestral y los desafíos de la modernidad. Durante ocho semanas exploramos sus enseñanzas en el curso SkyMind, impartido por Charlotte Rotterdam y Pieter Oosthuizen, basado en su libro de próxima aparición.

Dado que existen muy pocos textos atribuidos directamente a Machig, el programa se apoya principalmente en traducciones realizadas por la académica y traductora Sarah Harding, de las cuales se seleccionan breves versos que condensan la esencia de su sabiduría sobre la naturaleza de la mente.

La estructura clásica que guía estas enseñanzas es antigua y sencilla: la base (ground), el camino (la práctica) y el fruto (el resultado). La base se refiere a la naturaleza de la mente, que ya está presente y no necesita ser producida. El camino consiste en una serie de prácticas que permiten reconocer y familiarizarse con esa naturaleza. El fruto es la estabilización plena de ese reconocimiento. Esta tríada no representa una progresión lineal hacia un objetivo distante, sino un proceso de reconocimiento de lo que ya somos.

Pero ¿qué somos?

El punto de partida es la base, que describe la naturaleza absoluta de la mente y la realidad. Machig Labdron define esta base como algo que “habita inherentemente” y “ocurre de forma natural”, una realidad que no depende de causas y condiciones. Para facilitar la comprensión conceptual, se utiliza la metáfora del océano. La base es como la vastedad del océano: profundo, inmenso y no dual.

Otra forma de referirse a la base, es como suelo (ground). Una cualidad paradójica de este suelo es su ausencia de “suelo firme” (groundlessness). Aunque el ego busca desesperadamente una base sólida, una verdad incontrovertible o un sistema de creencias al cual aferrarse, la realidad es que no existe un suelo firme. Chögyam Trungpa Rinpoche lo resumió con humor: la mala noticia es que te estás cayendo; la buena noticia es que no hay suelo donde caer.

Reconocer esta vacuidad de la existencia no es un acto de nihilismo, sino el refugio último, pues al no haber un suelo sólido, nada puede derrumbarse ni ser arrebatado.

Podría decirse que nuestra naturaleza es como ese océano de conciencia: abierto, luminoso y compasivo, el espacio mismo en el que todos los fenómenos aparecen, o bien ese suelo sin firmeza.

El surgimiento del yo

Si la base es no dual, ¿por qué vivimos en permanente sensación de separación? La tradición explica una escisión básica (basic split): en cada momento surge la conciencia de un “yo” que se percibe separado del entorno. Aquí nace la metáfora de la ola: aunque la ola es agua y nunca ha dejado de ser océano, ella se identifica exclusivamente con su forma individual, su espuma y su movimiento particular.

La experiencia se organiza entonces en sujeto y objeto. Hay un “yo” que percibe y un “mundo” que es percibido. Esa división es el mecanismo mismo que hace posible la experiencia humana. Gracias a ella hay intimidad, belleza, encuentro. Pero también aparece la vulnerabilidad, el miedo y el conflicto.

El problema no es que exista una identidad funcional. El problema es la fijación. Cuando el yo se toma como entidad sólida, permanente y separada, comienza la defensa constante. Y de esa defensa surgen el orgullo, la comparación, la agresión y también la autocrítica excesiva. A eso se le llama “inflación”, el engrandecimiento o hinchazón del yo, ya sea en forma de superioridad o de minusvalía.

Cortar la inflación no significa anular la individualidad. Significa soltar la obsesión por proteger una identidad rígida.

El camino de la práctica

El camino es el proceso de familiarización para que la ola reconozca que, incluso al romperse, sigue siendo agua. Este camino se divide en tres aplicaciones: la visión, la meditación y la acción.

La visión consiste en adoptar la perspectiva de la no-dualidad, comprendiendo que tanto el observador como lo observado surgen de la misma base. La meditación es la tecnología para calmar la mente que corre como un elefante salvaje y permitir que el sedimento de los pensamientos se asiente, revelando la claridad natural. Finalmente, la acción es la integración de esta visión en la vida cotidiana, donde la compasión deja de ser un esfuerzo moral y se vuelve una expresión natural del corazón.

Compasión y altruismo sin concepto

Un punto central de estas enseñanzas es la distinción entre empatía y compasión. Citando estudios neurocientíficos modernos, se explica que la empatía pura, sentir el dolor del otro como propio, puede llevar al agotamiento y al retraimiento.

En cambio, la compasión, definida como una respuesta que surge desde el amor y la conexión, activa centros de recompensa en el cerebro. En el lenguaje contemporáneo, podríamos decir que se trata de una respuesta que emerge cuando la mente no está ocupada defendiendo una identidad. Desde ese lugar, el bienestar de otros no es una obligación externa sino una extensión natural de la propia apertura.

Para Machig, el altruismo sin concepto es la respuesta espontánea ante el sufrimiento, que no depende de fórmulas, juicios de valor o estrategias intelectuales sobre lo que es bueno o malo. Es una presencia radical donde la acción surge del corazón despierto (bodhichitta) de manera totalmente natural. Machig utiliza la metáfora de la vaca de vientre lleno: cuando una vaca se nutre a sí misma con el pasto hasta que su vientre está lleno, puede nutrir naturalmente a sus terneros. De la misma manera, reconocer nuestra propia plenitud y naturaleza búdica es lo que nos permite beneficiar verdaderamente a los demás sin caer en la inflación del ego, de la arrogancia, del síndrome del salvador o la duda personal.

Oscuridad que se disuelve en sí misma

Otra enseñanza central aborda cómo relacionarnos con la oscuridad, el conflicto o el sufrimiento. En lugar de combatirlos frontalmente, se propone algo contraintuitivo: permitir que la experiencia se despliegue en la conciencia abierta.

No se trata de pasividad. Se trata de no añadir capas de resistencia conceptual. Cuando la oscuridad no encuentra oposición rígida, se revela como energía en movimiento. Y la energía, al no ser fijada por la narrativa del yo, se transforma hacia donde la dirijamos.

No es una técnica para suprimir emociones intensas. Al contrario, Machig instruye: “Carga con el peso de las condiciones que aparecen”. Esto no implica evitar el dolor, la depresión o el miedo, sino mirarlos y explorarlos con curiosidad. En lugar de cargar el mundo sobre los hombros, como Atlas, se nos convoca a sostener la realidad como el espacio sostiene a los objetos, sin esfuerzo y sin verse afectado por ellos.

Cuando enfrentamos situaciones difíciles, el consejo de Padampa Sangye es revelador: “Ve a los lugares que te asustan”, pues según estas enseñanzas, es precisamente allí donde el corazón se abre y la conciencia puede mostrarse con mayor claridad. Es una invitación a ampliar la capacidad de sostener las experiencias sin contraernos de forma inmediata.

El fruto: el regreso al inicio

Finalmente, llegamos al fruto, que es el reconocimiento de que nunca abandonamos el océano. Fruition es llegar a donde empezamos y conocer el lugar por primera vez.

En la tradición se habla de iluminación. Sin embargo, en el curso se advierte que la palabra suele estar cargada de fantasías. El fruto no es convertirse en alguien extraordinario. Es agotar progresivamente la fijación. Es vivir con mayor espontaneidad, menos defensa y más disponibilidad.

En esta etapa, el practicante se libera de la necesidad de “lograr” algo. Machig afirma que la persona liberada del cumplimiento de metas posee el “fruto inequívoco”. Es la realización de que incluso nuestros estados de mayor confusión son parte del océano.

El fruto se manifiesta como una alegría incondicional y la capacidad de «cantar pequeñas canciones sobre la experiencia». No es una alegría que ignora el sufrimiento del mundo, sino una que nace de la certeza de que estamos intrínsecamente conectados y sostenidos por la Gran Madre. Es el “chiste cósmico” de descubrir que aquello que buscábamos con tanto esfuerzo fuera, siempre estuvo latiendo en el centro de nuestro propio pecho.

Bonus: la práctica de SkyMind

La tradición budista habla simbólicamente de 84 mil prácticas, para señalar su enorme vastedad. En el curso se plantea una práctica que no busca fabricar un estado especial, sino descansar en la naturaleza propia. Se instruye al practicante a visualizar una esfera de luz sobre la cabeza, un “átomo dorado de sabiduría”, que estabiliza la atención. Luego, esta luz desciende al corazón, donde se expande como una energía amorosa que inunda el cuerpo y el mundo. Finalmente, se suelta toda visualización para descansar en la conciencia abierta, donde los pensamientos cruzan la mente como aves que no dejan rastro en el cielo.

En este descanso, Machig ofrece una instrucción definitiva: “No busques, no practiques, descansa en tu naturaleza”. Para el ego, que vive de los logros, esta es la instrucción más difícil porque implica renunciar al esfuerzo de llegar a ser alguien mejor. Significa reconocer que la ola no tiene que hacer nada para volverse agua, porque ya lo es.


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